"Aquel Lunes Santo de 2026"

Por Víctor Carnero Ávila

 

 

El Lunes Santo no empieza cuando se abre la puerta.

Empieza mucho antes.

Empieza en esa mañana en la que, sin necesidad de decir nada, todos sabíamos que algo grande iba a pasar.

El cielo respetaba. No había amenaza, no había dudas. No había que mirar arriba con miedo ni pensar en relojes ni en carreras de última hora. Y eso, el que lo ha vivido lo sabe, lo cambia todo.

Nos regaló tranquilidad.

Y desde esa tranquilidad empezó a construirse un ambiente distinto. Más suelto, más alegre, más nuestro.

Era de esos días en los que todo fluye.

Pero este Lunes Santo, para mí, no era uno más.

Tenía algo especial.

Tenía nombre propio.

Era el año en el que mi hijo Víctor se incorporaba a la mesa de la Trinidad.

Por fin iba a sentir lo que es estar ahí debajo. Lo que es vivir un Lunes Santo desde el sitio más bonito que existe para hacerlo. Y lo digo sin rodeos: no hay nada comparable a la mesa de la Trinidad. Nada.

Y también era el año en el que mi hijo Nicolás se estrenaba como monaguillo.

Eso me hizo perderme, por primera vez en mucho tiempo, ese momento previo en la peña trinitaria. Ese rato donde no hace falta hablar porque todo se entiende, donde los abrazos pesan y los recuerdos aparecen solos.

No pude estar. Me tocaba llevar a Nicolás, dejarlo con su equipo, verlo empezar.

Y ahí, sin darme cuenta, empezó otra forma

de vivirlo.

 

Más intensa.

Más compartida.

Más de verdad.

Y entonces llegó la plazuela del Rocío.

Y ahí ya no hay explicación posible.

Hombres de trono unidos, una sola voz, un mismo latido… cantando ese rezo a tus pies que ya no es solo una marcha, es parte de nosotros. Parte de Málaga. Parte de lo que somos.

Ahí no se canta, ahí se siente.

Y a partir de ahí… todo fue una confirmación.

Confirmación de que el trabajo tiene sentido.

De que cuando se hacen las cosas bien, pasan cosas grandes.

De que aquí nadie viene a cumplir.

 

Aquí se viene a darlo todo.

 

Y lo dimos.

No nos dejamos nada. Ni un gramo.

Cada paso, cada levantá, cada compás… todo iba con intención, con compromiso, con verdad.

Se rozó la perfección.

Y no pasa nada por decirlo.

Se rozó en el trabajo, en el esfuerzo, en la elegancia, en el poderío, en la forma de andar… pero, sobre todo, en algo que no se entrena: el compañerismo.

Eso fue lo que marcó la diferencia.

Y la gente lo notó.

 

Vaya si lo notó.

La Virgen no pasaba desapercibida. La Virgen levantaba a Málaga.

Aplausos, vítores, rezos… emoción en cada esquina.

Era de esos días en los que sientes que todo el mundo está viendo lo mismo que tú estás sintiendo por dentro.

Y entonces llegó la calle Trinidad.

Y ahí… pasó lo que llevábamos años soñando.

Muchos años.

Años hablándolo, imaginándolo, buscándolo.

Y cuando llegó, no es que saliera bien… es que fue exactamente como tenía que ser.

La mejor calle Trinidad que hemos hecho en nuestra historia.

Sin discusión.

La petalada de nuestro grupo joven… medida, sentida, perfecta.

Y sonando “Trinitaria”. Nuestra marcha. La que nació de una idea, de una ilusión, de dar un paso al frente y confiar en el maestro José Antonio Molero.

Cómo ha calado.

Cómo la siente el trono.

Cómo la ha hecho suya Málaga.

Aquello no fue un momento bonito.

 

Aquello fue un momento de los que te marcan.

Y cuando todo termina… cuando el ruido se apaga… cuando te bajas… es cuando llega la verdad.

Una satisfacción difícil de explicar.

De las que te llenan por dentro.

Porque sí, merece la pena.

Claro que merece la pena.

Cada hora, cada esfuerzo, cada preocupación, cada rato que le quitas a tu familia, cada pensamiento durante el año… todo cobra sentido en un día como este.

Pero si hay algo que me quedo, por encima de todo, es esto:

Esto no es de uno solo.

Esto sale porque mucha gente cree.

Porque mucha gente se suma.

Porque mucha gente lo siente como suyo.

 

Y ahí está la clave.

 

La mesa de la Trinidad no es solo un sitio.

Es una forma de hacer las cosas.

Es una forma de sentir.

Es una familia.

 

Y lo más grande es ver cómo eso ya no se queda en la mesa.

Cómo se ha extendido por todo el trono.

Cómo hay gente que, sin estar en ella, la representa perfectamente.

Eso es lo que de verdad hemos conseguido.

Y por eso, este Lunes Santo no ha sido uno más.

Ha sido de esos que se quedan.

De los que no se olvidan.

De los que marcan un antes y un después.

Y ahora sí podemos decirlo alto y claro:

 

Este era el día.

Y lo hemos hecho realidad.



Novedades 


La Mesa de la Trinidad

    Aquel Lunes Santo cambió muchas cosas. No sólo lo hizo en mí. Lo hizo en cada uno de los que, años atrás decidieron formar parte de esta manera de entender lo que es sacar un trono. De gente que mucho antes de que a mí se me pasara por la cabeza, ya llevaban grabada, como a fuego, la idea de hacer que Ella ocupara el lugar de Reina que se merece en ese trocito del Barrio de la Trinidad que se llama Málaga.